Todos los años, la ciudad se reunía para un concurso. Quien cortarse más troncos durante quince horas, se llevaba el premio.
El maestro leñador siempre ganaba.
Un día, un joven resolvió desafiarlo. Confiando en su juventud y disposición, apostó mucho dinero por sí mismo. El concurso empezó. A cada hora, el maestro se sentaba un poco.
“El ya perdió la vitalidad”, pensaba el joven, que trabajaba sin parar.
Cuando se hizo el recuento… el maestro ganó.
“¡No es posible!”, le dijo el joven al maestro. “No pudo ganar; lo vi parar muchas veces para descansar.”
“Yo no estaba descansando -le respondió el maestro-. Yo paraba para afilar el hacha”.