Al usar la agenda me sucede algo curioso. Cuando anoto mis compromisos luego los recuerdo, y no gracias a que de repente fui a la agenda y lo vi, sino que me acuerdo de haberlo anotado. Ese solo hecho de escribirlo es lo que me sirve y no tanto el ir a leer la lista de compromisos en la agenda.
Comparo esto con el reconocer nuestros errores.
No es lo mismo simplemente reconocerlos que reconocerlos y además anotarlos. Al anotarlos luego los tendremos en cuenta más fácilmente. Y mejor si anotamos qué podemos hacer al respecto (más que simplemente recordar el error y quedarmos allí).
Y mejor aún… conversarlo. Esa es la máxima para poder fluir y mejorar en la vida. Si nos guardamos todo para nosotros, no sirve.

Si es así:
“Y mejor aún… conversarlo. Esa es la máxima para poder fluir y mejorar en la vida. Si nos guardamos todo para nosotros, no sirve.”
¿Por qué no sos consecuente con tus palabras y pensamientos?
Estás y no estás.
Iniciás y abandonás.
Vas y venís… ¿a dónde?
Del útero a la tumba hay un camino muy largo en distancia y tiempo para usarlo como caballo de calesita que yira y yira sabiendo muy bien dónde va: A recorrer el mismo círculo una y otra vez, para comprobar qué cambió en el paisaje desde la vuelta anterior. O si la sortija ya fue entregada, asegurando otra vuelta a uno de los ocasionales y alegres compañeros que ves tan pocas veces pero ¡con cuánta alegría!
Pero siempre tan breves. Intensos sin profundidad. ¡Nunca hay tiempo! Porque hay que continuar yirando.
Tu recorrido cambia de compañeros, como los caballitos por cisnes y otras cabalgaduras, que terminan como OVNIs. Parece que recorrés muchos caminos con infinidad de experiencias que en definitiva, como en la calesita, siempre rondan el mismo eje.